Me gusta vivir en la ciudad del norte

porque cuando a mi hija le preguntan de dónde es nunca responde lo mismo. Depende de con quién hable, del momento. Todas son mentira. Todas son verdad.

porque mientras paseas puedes encontrar hombres escribiendo poesía con una brocha de esponja en una plaza. Poesía efímera que se va evaporando y tan solo resta en la memoria del que la lee.

porque el otro día soñaba que en al cabeza tenía un agujero y por él salían líneas, líneas que se unían fuera, en un punto de fuga. Y sentía que habían soluciones fuera, que se pueden ver con otros ojos, nombrar con palabras que ni siquiera todavía conozco.

porque la gente tiene nombres de flores, de plantas, de amaneceres.

porque el otro día en la escuela pidieron a todos los niños que llevaran fotos de pequeños. Y mi hija, la única extranjera, no entendía que cuando la profesora enseñó las suyas todos sus compañeros gritaran su nombre.

porque nunca me he sentido tan humilde como entrando en una librería de cinco pisos y no pudiendo leer ni una sola página.

porque siento estar compartiendo un secreto. Como decía una chica con la que comí el otro día: nada de lo que me contaron antes de llegar es cierto.

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