Wu Wei 无为

Llevamos un año viviendo en la ciudad del norte, en el país del centro. Deberían ser indicaciones suficientes para encontrarnos en un mapa, en cualquier mapa, si no fuese porque aquí son distintos. Los mapas con los que crecimos tienen a Europa en el medio. Sin embargo, aquí Europa está al lado izquierdo, España y Portugal casi se salen del papel.

No es la primera vez que vivimos aquí, hace diez años vivimos un tiempo en la ciudad sobre el mar. Llegamos por casualidad, los vientos nos trajeron y es que en aquella época éramos viajeros. R quería conocer una de las vías pavimentadas más altas del mundo y recorrimos la sinuosa autopista entre Gilgit y Kashgar, una mañana de invierno. Al cruzar la frontera, la autopista se ensanchaba y de los peligrosos acantilados pasábamos a una vía de doble carril. Nos pareció un espejismo que no conseguimos entender, quisimos darnos un tiempo para recorrerlo. Pasamos los dos meses siguientes tomando trenes y autobuses al azar. A menudo teníamos que volver varias veces a la estación porque no entendíamos la hora de salida, el momento del día. Convivíamos con dos sistemas de escritura y dos husos horarios. Nuestra lógica no servía y los dibujos que había estado garabateando en el resto Asia, tampoco. Ante nuestras caras de duda tan solo garabateaban caracteres. En el aire. En la arena.

Para cuando llegamos a la ciudad del norte 北京 ya habíamos decidido gastarnos el dinero que nos quedaba en tratar de descifrarlos. Y nos quedamos dos años en la ciudad sobre el mar, 上海.

En los ocho años siguientes seguimos dibujando caracteres en los márgenes de nuestras libretas desde lejos y hablando de la ciudad del norte con otros amigos que fuimos encontrando en el camino. No pensamos en volver hasta que nos llamaron. Pero ahora somos tres, nuestra hija de nombre dibujado 梅花 nos acompaña. ¿Será su nombre el que determinó nuestro destino?

Me gusta vivir en la ciudad del norte en el país del centro porque a veces me preguntan ¿para qué? y no sé qué responder. Me gustan las preguntas sin respuesta. Me dan ganas de responder garabateando en el aire. O en la arena. Me gustan las preguntas sin respuesta porque me recuerdan que no todo lo que hacemos debe tener valor de cambio.

Pero la verdad es que:

  • Me gusta vivir en la ciudad del norte porque cuando a mi hija le preguntan de donde es nunca responde lo mismo. Depende de con quién hable, del momento. Todas son mentira. Todas son verdad.
  • Me gusta vivir en la ciudad del norte porque si paseas puedes encontrar hombres escribiendo poesía con una brocha de esponja en una plaza. Poesía efímera que se va borrando mientras ellos escriben.
  • Me gusta vivir en la ciudad del norte porque por las noches sueño. El otro día soñaba que en al cabeza tenía un agujero y por él salían líneas, líneas que se unían fuera, en un punto de fuga. Y sentía que habían soluciones fuera, que se pueden ver con otros ojos, nombrar palabras que ni siquiera todavía conozco.
  • Me gusta vivir en la ciudad del norte porque la gente tiene nombres de flores, de plantas, de amaneceres.
  • Me gusta vivir en la ciudad del norte porque no entiendo casi nada.
  • Me gusta vivir en la ciudad del norte porque el otro día en la escuela pidieron a todos los niños que llevaran fotos de pequeños. Y mi hija, la única extranjera, no entendía que cuando la profesora enseñó las suyas todos sus compañeros gritaran su nombre.
  • Me gusta vivir en la ciudad del centro porque es silenciosa y culta. Porque nunca me he sentido tan humilde como entrando en una librería de cinco pisos y no pudiendo leer ni una sola página.
  • Me gusta vivir en la ciudad del norte porque la siento como un lugar secreto. Como decía una chica con la que comí el otro día: nada de lo que me contaron antes de llegar es cierto.

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