Pequeño para ir al cole

Encontramos este artículo, que reproducimos a continuación, sobre cuándo es el momento adecuado para llevar a tu hijo al cole. Desde la incorporación de la mujer al mundo laboral la edad ha bajado hasta los pocos meses en muchos lugares, sin embargo sirve esta reflexión para que cada madre y cada niño decida cuándo ha llegado su momento.

Soy muy pequeño para ir al cole
Por: Yolanda González

Está maduro o madura emo­cional­mente para sep­a­rarse de su vín­culo afec­tivo durante largas horas y esco­larizarse? ¿Es «su» momento madu­ra­tivo para dar ese salto, con la sat­is­fac­ción de lograrlo, sin que se dañe? ¿Se despide con tran­quil­i­dad y seguri­dad de la figura materna (o per­sona sustituta)?¿O, por el con­trario, llora descon­so­lada­mente, asus­tado o descon­cer­tado ante una sep­a­ración no elegida y frente a tan­tos nuevos «ami­gu­i­tos» en un espa­cio tam­bién nuevo y con una nueva pro­fe­sora? Estas son algu­nas de las pri­or­i­tarias reflex­iones que deberíamos hac­er­nos cuando se defiende el tér­mino de «dere­cho a la esco­lar­ización» en bebés, niños y niñas de 0 a 3 años ¿Dere­cho de quién?
La may­oría, con chu­petes y pañales, se enfrentan a una situación extraña, de intenso stress, tra­ducido en explo­siones de llanto, descon­suelo y deses­peración, cuando no apatía y res­i­gnación. Quien dude de esta afir­ma­ción, que se tome la moles­tia de acudir al ini­cio de la esco­lar­ización a obser­var cuál es el estado emo­cional de los peques en los cen­tros donde no existe período de adaptación-integración pro­lon­gado. Quien lo dude, que pre­gunte a sus niños si quieren volver al día sigu­iente. Que pre­gunte al pro­fe­so­rado cómo vive las deman­das de tan­tos bra­zos recla­mando su aten­ción. Que pre­gun­ten a los padres y madres, que les dejan y salen deprisa para no oír su lla­mada deses­per­ada. ¿Cul­pa­bles? Nadie. No se trata de cul­pa­bi­lizar, sino de reflex­ionar y poner medios para que nadie salga per­ju­di­cado. Los primeros que tienen dere­cho a no sufrir son los más vul­ner­a­bles: bebés, niños y niñas. Los segun­dos que tienen dere­cho son las madres y padres (que sin base for­ma­tiva sufi­ciente «creen» que es lo mejor para sus pequeños). Porque es el dere­cho a tra­ba­jar y la ausen­cia de reconocimiento social de la maternidad/paternidad la que ha hecho incom­pat­i­ble maternidad/paternidad y tra­bajo. Los ter­ceros que tienen dere­cho son los pro­fe­sores y pro­fe­so­ras, que se ven impo­tentes ante aulas de 18–24 criat­uras demandantes.
¿Solu­ciones? Ade­cue­mos las leyes pro­te­giendo a la infan­cia y recono­ciendo la maternidad/paternidad como una fun­ción social, fun­da­men­tal para el futuro de la sociedad. ¿Cómo? Como pro­fe­sional de la salud, psi­coter­apeuta de adul­tos e impli­cada en la pre­ven­ción infan­til, planteo que es una evi­den­cia que la sociedad está cam­biando, y lo hace ver­tig­i­nosa­mente, exigiendo ráp­i­das respues­tas adap­ta­ti­vas al entorno social. ¿Pero hacia dónde? Hay una pre­gunta clave: ¿debe­mos ade­cuar al pequeño o pequeña al stress y desar­rollo social actual, igno­rando las reper­cu­siones pos­te­ri­ores de este mod­elo en la salud men­tal de la población? ¿Quer­e­mos res­ig­narnos a los rit­mos impuestos exter­nos, cada vez más deshumanizantes?
Es un hecho que la sociedad establece una dico­tomía arti­fi­cial entre la opción a la mater­nidad y el dere­cho al puesto de tra­bajo. Pre­tender simul­tan­ear ambas fun­ciones con­ll­eva un stress innece­sario para el sis­tema famil­iar, que vive la necesi­dad de bus­car alter­na­ti­vas de aten­ción para sus hijos. En otros países europeos, la mujer (o per­sona susti­tuta) que opta por la mater­nidad ve ret­ribuida su fun­ción mater­nal, sin detri­mento de su puesto de tra­bajo, como ocurre en el Estado español.
De esta forma no ve con­flict­uada ninguna de las dos fun­ciones que le pertenecen con igual dere­cho, pri­or­izando una tem­po­ral­mente sin detri­mento de la otra. Es decir, mater­nidad ret­ribuida durante 2–3 años.
Para ter­mi­nar: el sis­tema social cam­ina hacia la insti­tu­cional­ización de la cri­anza. Con exce­lentes ser­vi­cios, pero con del­e­gación de la edu­cación cada vez a edades más tem­pranas. La defensa de la social­ización infan­til se está con­vir­tiendo en un arma de doble filo: es un dere­cho real que surge cuando el niño o niña ha cubierto su necesi­dad de depen­den­cia intensa en los dos o tres primeros años de vida, pero no cuando la sociedad dic­t­a­m­ina que ha lle­gado el momento. Un bebé de meses no nece­sita socializarse porque su inmadurez biológ­ica y emo­cional se lo impide. Por tanto, ¿la prisa es suya o nues­tra? Frente a la pro­gre­siva insti­tu­cional­ización de la cri­anza, hay estu­dios en países (Checoslo­vaquia entre otros) que demues­tran que no sólo es más económico para el Estado (cada criatura cuesta entre 800.000 y 1.200.000 pese­tas), sino más salud­able para el desar­rollo global del pequeño, val­o­rar y recono­cer la fun­ción tem­po­ral de la cri­anza (primeros años de vida), que crear guarderías para todos.
No sólo es más deseable sino más fruc­tífera la pre­ven­ción de la salud inte­gral durante la infan­cia que todos los pro­gra­mas pos­te­ri­ores pre­ven­tivos y ter­apéu­ti­cos en la etapa adulta. Cuidar la primera infan­cia y espe­cial­mente la franja de 0–3 años es cru­cial para el desar­rollo psi­coa­fec­tivo indi­vid­ual y comu­ni­tario salud­able. La comu­nidad en su con­junto debiera de asumir la respon­s­abil­i­dad de poten­ciar la salud infan­til y trans­for­mar leyes lab­o­rales sin atro­pel­lar las necesi­dades de los más vul­ner­a­bles, los niños y niñas. De esa forma, preser­vare­mos la salud social del adulto del mañana.

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